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COL Respuesta a diatriba contra el teatro, lanzada por el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince

Viernes 3 de agosto de 2012, por César Castaño

Respuesta a diatriba contra el teatro,
lanzada por el escritor colombiano Héctor Abad Faciolince

Por César Castaño *

Señor Faciolince:

Espero tenga usted un muy buen día… seguro lo tiene, seguro ha de estar en este momento recostado en su silla preferida disfrutando de los goces financieros que su oficio le ha generado, tal vez usted –ahora– yace en su estupenda casa comiendo un agradable plato de desayuno televisivo de esos que dicen ser inofensivos y apenas saludables para que no inflame el colon o combatan el estrés y el desamparo de una sonrisa que tal vez a usted no le ha podido robar el teatro.

Seguro usted no me conoce, ni ha escuchado hablar de mí al igual que mucha gente; es seguro que no sabe que soy director y dramaturgo de teatro, que con apenas ocho años en esta profesión inicio mi kilometraje; es probable que usted no sepa, y que tampoco le interese saberlo, que realizo eventos que buscan visibilizar la dramaturgia colombiana, eso que usted llama “teatro para leer”; seguro esto que le cuento tampoco le importa y es probable que quizá nunca asista a una de mis obras, como también es posible que en este momento haya dejado de leer esto que escribo.

Sin importarme lo anterior, yo sí he leído todos los improperios que usted ha venido escribiendo sobre nuestro oficio. La verdad, desconozco sus motivos profundos sobre semejante desprecio… No sé… quizás alguna actriz le rompió el corazón, usted se siente frustrado y encontró una terapia para combatir su dolor, o tal vez a usted le faltó uno de los genes de la sensibilidad… cosa de por sí muy extraña en un escritor.

Puedo reconocer, y muy de acuerdo estoy con usted, que a veces el teatro no dice nada; puedo estar de acuerdo en que nuestro oficio está en vía de extinción, que lo que hacemos es inservible. No obstante, mi uso de razón –que espero usted también lo tenga– me permite reconocer que a veces lo que llamamos necesario para el hombre suele ser más nocivo y perjudicial, como las armas y las bombas, la política y las fronteras, los dogmas y las religiones, entonces… –y esto se lo pregunto– ¿por qué tiene que servir el teatro para algo? ¿Necesitamos un poema para vivir? ¿Pretendemos que con la lectura de libros se acaben las hambrunas, los desplazamientos y que quienes usan motosierras dejen de hacerlo? ¿Para quién son inútiles las cosas?…

Si lo inútil no sirve, entonces, dejemos nuestro arte y dediquémonos a apreciar la barbarie de la que somos coautores por el silencio guardado; dediquémonos a hacer parte del “sistema” sin nuestro oficio ya que no sirve para nada…; de hecho, y si mejor le place, devolvamos el reloj y nuevamente dividamos el camino, reivindiquemos a Platón: ¡echemos los poetas, echemos los artistas!… Le propongo que no vuelva a escribir y usted mismo se exilie de sus posibilidades creadoras, retirémonos todos y quedémonos con esta cultura de narcos, de politiqueros corruptos, de masacres, de desigualdad y olvido. Le propongo, señor Faciolince, que creemos juntos un movimiento de artistas muertos o, bueno, doblemente muertos ya que usted dice que así es como estamos y encerrémonos todos en una de las tantas fosas de la impunidad que tenemos en todo el territorio colombiano.

Es real también que el cine es algo con lo que el teatro no puede combatir –¿pero de dónde salió esta absurda idea de competencia en el arte?–, como tampoco puede hacerlo con los centros comerciales, las vacaciones prepagadas, las ofertas televisivas, el gran mercado cultural del arte chatarra, o de la publicidad –de la que usted tanto se vale para vender sus libros–.

Es verdad que nuestro oficio resulta repulsivo para muchos, apreciación que respeto; es cierto que incluso cambiamos de piel y nos disfrazamos según las condiciones, pero eso es algo que pasa hasta en las mejores familias; es verdad que a usted no tiene por qué gustarle lo que hacemos, no tiene por qué tragárselo pues lo indigestaría, eso lo entiendo. Lo que me parece irresponsable es que usted nos ataque de la forma como lo hace, usted ya lo ha dicho, o al menos así lo entiendo, somos un toro desmembrado en una corrida dispareja, lo que no entiendo es el porqué de su estocada.

“Contra el teatro” … así rotula su diatriba y de “mantenidos del Estado” nos trata. Me encantaría que –con la misma efervescencia con que lanza sus apenas orgánicas impresiones sobre nuestro arte– se detuviera a investigar y se diera cuenta de que a este país le vale más un criminal que un artista; que la guerra triplica, cuadruplica y quintuplica la inversión que se hace en cultura; que lo que se roban nuestros políticos se cifra en billones y billones de pesos; que los sistemas de salud y el sector financiero –al igual que las inversiones extranjeras– obtienen grandes dividendos también en billones; mientras que el presupuesto que el Gobierno asigna al sector teatral –que supera más de mil grupos, más los miles de proyectos que se realizan y los millones de colombianos que se benefician de ellos– no alcanza a sumar los diez mil millones de pesos en inversión.

Le reconozco su desagrado por el nivel de producción y comparto sus reparos por la calidad; pero si vamos solo a centrarnos en las carencias y a desconocer los logros, habría que cuestionar también los desniveles de calidad que existen en nuestra literatura, en nuestro cine, en nuestras artes plásticas, etcétera, etcétera. Usted hace ver nuestro arte como un gasto y no como una inversión social de la que el país tanto necesita, así como también necesita de ingenieros. Reconozca que el desarrollo de un oficio se logra si existen políticas que las puedan orientar a largo plazo. Parece que se le olvida que nuestra política cultural es de emergencia y que sus instancias institucionales son nuevas en la historia de esta patria; que a este país le hace falta mucho desarrollo en todos los campos; y que también el arte aporta al desarrollo y a la cualificación de las sociedades; y que es ahí donde reposa parte de la historia de las civilizaciones.

Reconozca que es preferible tener artistas, por “parias” que a usted le parezcan, antes que hombres y mujeres empuñando armas en un país que duerme en el silencio de sus violencias: Y, por último, le pido que reconozca también que un escritor puede hacer fácilmente de su oficio un arma contra otros.


* Director y dramaturgo de Teatro El Paso y director de la Red Nacional de Dramaturgia.

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